Luis Chaves

Luis Chaves (Costa Rica, 1969) is a poet, novelist and translator. Chaves’s works have been published in Costa Rica, Mexico, Argentina, Spain, Germany, Italy and Slovenia. His work has been awarded the National Poetry Prize by Ministry of Culture, Costa Rica, 2012. His first translations into English (by Julia Guez and Samantha Zighelboim) have appeared in POETRY Magazine, PEN America Poetry Series and Circumference. The Akademie Schloss Stuttgart in Germany awarded him the “Jean Jacques Rousseau” grant in 2011. He was a 2015 fellow for the Artists in Berlin Program.

The three poems below were translated from Spanish into English by Julia Guez and Samantha Zighelboim.

While translating Equestrian Monuments, Julia Guez has received a Master of Fine Arts from Columbia University, a Fulbright Fellowship, the 2013 “Discovery”/ Boston Review Poetry Prize and The John Frederick Nims Memorial Prize for Translation.  Her work has appeared or will soon be forthcoming in POETRY, Circumference, The PEN Poetry Series and Blunderbuss. Guez works at Teach For America-New York and teaches creative writing at Rutgers University.  She lives with her family in Greenpoint, Brooklyn and can be found on-line @G_U_E_Z.

Samantha Zighelboim’s debut collection of poems, THE FAT SONNETS, is forthcoming from Argos Books in 2018. Other poems and translations have appeared or are forthcoming in POETRY, Boston Review, Stonecutter, Sixth Finch, and Bone Bouquet, among others. She earned her Master of Fine Arts in Poetry from Columbia University, where she met Julia Guez, with whom she has been translating the work of Costa Rican poet Luis Chaves. Sam is at work on her first collection of poems, and teaches literature and creative writing at Rutgers University and Parsons School of Design. She lives in New York City.

 

 

UN FERIADO NO OBLIGATORIO

(FRAGMENTOS DE UN PRIMER BORRADOR)

de Monumentos ecuestres (Ed. Germinal, 2011)

 

Hoy nos levantamos con los primeros ruidos de la mañana, nada literarios por cierto: el desfile de aplanadoras y vagonetas escoltadas por una tropilla de obreros.  La procesión de la santa obra pública. Cuando desperté, le comprabas un foco al coreano que atendía detrás de un mostrador. El mostrador era el mismo de la pulpería de Tulio pero en el sueño era del coreano que te vendía el foco que, aclaraba, era “sumelgible”.

 

En el piso de arriba, la estudiante de canto empezó sus ejercicios matinales una hora más tarde. Esta mañana no repasó la melodía que se parece a la canción aquella de la que sólo recuerdo el estribillo.  En el techo del edificio de enfrente toma sol la hija del vecino sobre un paño que no le llega a los tobillos. Tiene algodones blancos sobre los pezones. Se los cambia. Tiene pezones purpúreos bajo los algodones blancos.

 

Anoche volvías tarde, o más bien temprano, a esa hora de la madrugada en que a los travestis les crece la barba. Te quitaste la ropa de espalda al espejo y mitad dormido, mitad queriendo estarlo, vi cómo de tus calzones caía confeti. Hoy nos levantamos, ya fue dicho, con los primeros ruidos de lo único que podemos definir como progreso. Cuando salíamos, sentada contra bolsas de cemento, la mano de obra extranjera tomaba café con leche en botellas de Coca-Cola.

 

Qué querrías hacer con un foco sumergible, me pregunto mientras termino la tercera vuelta al parque La Sabana.  Entretanto, el parque es invadido por grupos de familias que avanzan a la velocidad de la frontera agrícola. Van dejando señales de basura inorgánica para luego reconocer el camino de regreso a sus hogares. Es la quinta vuelta y te saludo, allá tirada sobre el mantel a cuadros, bajo la sombra que proyectan unos pinos moribundos, con la ropa que no te cambiás desde anteayer, leyendo la novela cuyo narrador –dando en el clavo ya en 1932– afirma que hay algo más importante que el amor: la belleza, la belleza física.

 

La maleza crece cuando dejamos de mirar. Los años se acumulan mientras nos ocupamos de la maleza. Aprender esto nos tomó más tiempo del que hubiéramos querido. Ahora se encienden los faroles del alumbrado municipal, de los carros que pasan con las ventanas abiertas. En el parque, dos hermanos, aferrados al juego, se esfuerzan por seguir la trayectoria de un balón que empieza a pertenecer a la noche.

 

Es la hora de volver, para no extraviarnos seguimos el rastro de basura de los vecinos. Caminamos juntos. A esta altura del partido, tomarnos de las manos es un acto mental. Del día nos quedaremos con fotos mal enfocadas frente a monumentos ecuestres, con el eco decreciente de un sueño menos extraño que inútil, con el estribillo de la canción que escapa de un carro en movimiento y que no dejaremos de tararear el resto de la semana.

 

ON A HOLIDAY NOT EVERYONE’S OBSERVING

(FRAGMENTS OF A FIRST DRAFT)

 

Today we woke up to the first few sounds of morning. Nothing literary about them to be sure: a parade of bulldozers and dump trucks escorted by platoons of workers. A holy procession of public works. I woke up the moment you were buying a flashlight from a Korean cashier standing behind the same counter as the one at Tulio’s corner store, but in the dream it belonged to the cashier who insisted the flashlight would work “un… un…der water.”

 

The music student upstairs began her morning voice exercises an hour later than usual. This morning she didn’t rehearse the one melody that reminds me of that song I only know the refrain from. On a roof deck across the street, the neighbor’s daughter is sunbathing on a towel that’s barely ankle-length. She covers each nipple with a cotton ball, which she replaces often. She has purplish nipples beneath the cotton.

 

You were coming home late last night—rather, you were coming home early. You undressed with your back to the mirror, and, half asleep, half wanting to be asleep entirely, I saw the confetti fall from your panties. Like I said before, today we woke up to the first few sounds of the only thing we can properly call “progress”. On our way out, we saw all the migrant workers leaning against bags of cement, drinking their café con leche from Coca Cola bottles.

 

What could you have wanted an underwater flashlight for, I ask myself, my third time around La Sabana Park. Meanwhile, the park is invaded by tour groups, families advancing at the speed of deforestation. Behind them, they leave a trail of things that’ll never biodegrade to find their way back home later on. It’s my fifth lap around the park, I see you and say hello. Lying on the tablecloth, the checkered one, in the shade of dying pine trees, you’re wearing the same clothes from the day before yesterday, reading the novel whose narrator—in 1932, mind you—suggests there’s something more important than love: beauty, natural beauty.

 

The weeds grow when we stop watching them. The years accumulate while we worry about the weeds. Learning this took longer than we would have liked. The municipality’s streetlights come on one by one now, so do the lights of cars driving by with their windows down. In the park, with undivided attention on the game they play, two brothers struggle to follow the trajectory of a ball that they’ll soon lose to the night.

 

It’s time to go back. We follow the trail of plastic so we don’t lose our way. We walk together. This late in the game, to take one another by the hand is an act of mind. By day, we’re left with out-of focus photographs in front of equestrian monuments, the fading echo of a dream less strange than it is useless, the refrain of a song overheard from a passing car. And we won’t stop humming for the rest of the week.

 

 

AFUERA DEL AGUA

(A PARTIR DE “ABAJO DEL AGUA” DE S. LLACH)

 

El Pacífico visto desde la Interamericana, de noche, detrás de la ventanilla de un bus repleto de desconocidos, rumbo a Dominical. En eso pienso. Es una imagen sin duda ordinaria pero que no me abandona. Una imagen arbitraria, que regresa cada tanto, igual que esas olas que adivino deshaciéndose en la arena, devolviendo ramas, caracoles, una chancleta, corchos, tetrabriks vacíos, como boyas de la decadencia encallando de nuevo en el continente. El mar visto de noche, cuando es invisible y habla en ese lenguaje oscuro y poderoso, para que sepamos que está ahí, donde los ojos no sirven. El mar de noche, más profundo y temible que de día. El mar de las canciones simples, los ahogados y los peces.

 

Más atrás en el tiempo, la misma noche, el mismo mar, la misma arena en la que sentados, sin hablar, hundíamos los pies hasta los tobillos, hipnotizados por el fuego y el baile de las pavesas que se elevaban hasta desaparecer en el aire con chasquidos mudos. Alguien, alejándose, escuchaba en la radio noticias de un mundo que parecía suspenderse a millones de años luz de aquel lugar, de aquel momento. Otros, acercándose y cruzando detrás de nuestras espaldas, extendían una conversación que bien podría haber sido nuestra. Y también, sí, el ladrido en cadena de los perros, las luces de las casas apagándose una a una.

 

¿Por qué una noche cualquiera en un sueño aparece en vestido de baño la exnovia de cuarto año del colegio de quien no tenemos noticias desde la graduación? ¿Por qué de pronto, digamos un jueves, enfrascado en tareas cotidianas, uno daría el pulgar derecho por volver a la mañana del 1º de enero en que se amaneció en la banca de un parquecito deprimente de playa Dominical, frente a un mar nada amistoso, averiado, sin plata para el bus de regreso, rodeado de los cuerpos todavía tendidos de subnormales con quienes la noche anterior, abrazados y a los gritos, se juró amistad eterna? El mar no nos lo explica. Ni le importa.

 

La orilla del mar contaminado por la fauna de las vacaciones, el fondo del mar moviéndose al ritmo imperceptible del combustible fósil. Pescadores, mar adentro, meando desde cubierta. Cetáceos menores y gaviotas escoltando a los barcos de hombres solos.

 

Los que cierran los ojos para hacer promesas falsas frente al mar. Los que no los cierran. Los que creen que basta mojarse los pies en el mar para conocer sus profundidades. Los que construyen castillos de arena, los que se dejan enterrar en ella. Los que, eructando, lanzan botellas al mar, sin mensajes. Los que intuyen que el mar no es más que un montón de agua.

 

En el álbum familiar, el espacio vacío, rectangular, de la foto perdida del niño con tendencia a la obesidad, sólo en la playa, de pie frente al Pacífico, una mañana limpia del 74. Aquella en la que, en ángulo recto, su figura y su sombra leve sobre la arena formaban un reloj de sol. El mar como una golosina.

 

OUT OF WATER

(after “Abajo del Agua” by S. Llach)

 

1.

 

The Pacific Ocean at night, seen from inside a bus full of strangers en route to Dominical by way of the Interamerican highway. This is what I’m thinking about now. It’s an ordinary image without a doubt, but (for some reason) it won’t leave me alone. An arbitrary image that comes back every now and again, same as those waves I can almost see unmaking themselves in the sand; branches, seashells, a sandal, corks, and wine cartons brought back like buoys from some other ruin run aground on a new continent. The sea at night, when it’s invisible. When it speaks in tongues, so that we know it’s still there, where sight doesn’t serve us. The night’s sea, lonelier and even less fathomable than the day’s. The sea of simpler songs only the drowned and the fish know to sing.

 

Earlier the same night, the same sea, the same sand where, without a word, we’d bury our feet up to the ankles, rapt by the fire and the embers dervishing until they disappear with a crackling in the air only half-heard. Not so far away, someone is listening to a radio, listening to news of a world that may as well have been suspended a million light years from what is here now. Others come up close behind us. We overhear a conversation that could have been an extension of our own. And yes, the dogs barking in back yards, all the house lights going out one by one.

 

2.

 

Of all nights, why dream of an ex-girlfriend you haven’t heard anything about since graduation on this night in particular? Why, in the dream, is she wearing nothing but a bikini, still looking the way she did during your senior year in high school?

 

On a Thursday, say, running the same errands you’d run any other day, why are you suddenly willing to give one of your thumbs to go back to the bench you woke-up on, in a depressing little park outside of Dominical on New Year’s Day?  That morning, destroyed, having to face a standoffish ocean, no money for the bus, bodies all around, lying there still, the deviants you swore you’d love forever, arms around each other’s necks last night, howling.  The sea does not explain.  The sea does not care to, not to us anyway.

 

An over-population of fauna on the shore, the vacationing kind.  The sea, where it’s deepest, moving to the imperceptible rhythm of fossil fuel. Fishermen, further in, pissing covertly.  Seagulls and small aquatic mammals escort boats travelling with only one man aboard.

 

Those who, facing the ocean, close their eyes and make empty promises.  Those who do the same, but don’t close their eyes.  Those who stand in ankle-deep water, believing the whole ocean’s knowable from that depth.  Those who let themselves be buried in the sand, those who build sandcastles.  Those who pitch messageless bottles into the ocean, belching.  Those who intuit the ocean is no more than a whole lot of water.

 

In the family album, an empty space, a rectangle: lost photograph of the boy with a tendency towards obesity, alone on the beach, standing in front of the Pacific, the cleanest morning in 1974.  That morning, at a right angle, his figure and the slight shadow he casts over the sand forms a sundial.  The sea like hard candy.

 

 

UNA BODA, UN DOMINGO, EL FIN DE VERANO

 

A las 11 a.m., con los primeros en llegar, se descorchará la botella inaugural (a lo largo del día el arco democrático del vino cubrirá desde cosechas 2004 hasta cajas de tetrabrik). A las 11 p.m., ya en su casa, demasiado cerca del lunes, herido de gravedad por la bala lenta del alcohol, el ultimo en haberse ido repasará, en diapositivas mentales, el primer domingo de marzo, el sol trazando su línea de 180 grados en cámara lenta; la multiplicación del pan y las reses; la montaña de zapatos revueltos en la entrada de la casa; la imagen de alguien, mitad del cuerpo dentro la refri, buceando por cervesas; un guiso prodigioso preparado con ingredientes de una galaxia muy lejana; el recuerdo de los extensos y turbadores segundos en que sostuvo contacto visual con un perro; y el efecto domino de la reproducción materializado en aquellas niñas que se bañan chingas en la piscina.

 

A Wedding, One Sunday, At The End Of Summer

 

At 11 in the morning, as the first few guests arrive, the inaugural bottle of wine will be uncorked.  (Over the course of the day, drinking’s democratic arc will range anywhere from 2004’s old vine varietals to box wine).  11 at night, back at your house, Monday altogether too close and here we are, seriously wounded by alcohol’s slow-moving bullet.  Those of us who’ve yet to leave will now replay the first Sunday of March in a slideshow of our minds’ own making: the sun in slow-motion, tracing 180° sweep across the sky; brisket and bread multiplying; a pile of shoes in a mess by the front door; the image of someone with ½ their body inside the fridge, fumbling for more beer; a prodigious stew prepared with ingredients that may as well be from another galaxy; a flashback to those vast and troubling seconds you were able to keep unbroken eye contact with the dog; and the undeniable domino effect of being alive made real by our children here, skinny-dipping in the pool.

 

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